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Café Tokio: un viaje en el tiempo

El Café Tokio Norte es una joyita perdida en el microcentro santafesino. Entrás y atravesás un portal a otra dimensión. Billar, historia. Nostalgia y café.

Gastronomía

El Café Tokio Norte queda en Rivadavia al 2900, en una de las zonas de mayor movimiento de la ciudad de Santa Fe. En frente están la plaza España y el Registro Civil. Al lado, una popular escuela secundaria. La avenida, a esa altura, cuenta con una onda verde recorrida por cientos de vehículos por minuto. Cualquier bar, en ese contexto, sería un griterío. Un gentío. Sin embargo, con solo atravesar la puerta del Tokio, se viaja a otra época. Uno se sumerge en un mundo sereno, con olor a café y un nostálgico aire de otros tiempos.

El Tokioabrió sus puertas en mayo de 1915.  Se sostiene con estética europea y unos pocos parroquianos siempre fieles. Ya no van jugadores de billar, como en otros tiempos, y sus horarios un tanto particulares (su dueña cierra a las 19 horas) lo hacen un remanso visitado solo por conocedores.

Mesas de una madera que hoy ya no existe, cucharas de alpaca, teteras de bronce de distintos tamaños una al lado de la otra, como de colección. Tazas de porcelana y ventiladores de mesa antiguos de color verde, dos por cada columna. Y lo más llamativo: cinco mesas de billar, cubiertas con un paño para evitar que se dañen. Solo una está siempre habilitada por si alguien quiere jugar. No es un bar elegido por la juventud, pero, en él, vuelven a ser jóvenes los hombres que hoy tienen más de 80 años y concurren hace 60 para jugar al billar o al dominó.

Herencia nipona

Los fundadores del Tokio fueron dos japoneses: Kaijara y Kamachi, que luego se lo vendieron a los hermanos Hirai. Años más adelante, familiares que eran empleados de aquellos hermanos decidieron adquirirlo. Hoy solo queda Amelia, que hace varios años es la única dueña, administradora, moza y cajera del Café. Amable, cordial, serena y muy servicial son algunas de las características que sobresalen a simple vista de esta mujer de cerca de 80 años. 

Amelia Higa no tiene hijos. Sus sobrinos tienen sus vidas formadas, con otras ocupaciones. Hoy hace todo sola: desde las cuentas hasta las compras, la limpieza y el mantenimiento del lugar. Por eso, el día que ella no pueda atenderlo más, el café Tokio lamentablemente cerrará sus puertas.

Con más de un siglo, ya que antes fue un cine, el edificio está declarado patrimonio Cultural de la ciudad. Pero, lamentablemente, esto no implica ayudas económicas. Y mantenerlo es cada vez más difícil. Sin embargo, el bar resiste, estoico, al paso del tiempo.

Las décadas del 40 y 50 fueron la época dorada del boliche. En aquellos años se jugaba mucho al billar. Era un entretenimiento juvenil para los alumnos de la escuela y todos los que concurrían a esa zona siempre céntrica de Santa Fe. Cada uno de los muebles y objetos que se encuentran entre el piso de damero y el techo inalcanzable del salón son reliquias. Sobre tres estantes de madera descansan las jarras donde, décadas atrás, servían un brebaje olvidado: el Mazagrán, que llevaba café frío con hielo, agua, limón y Cubana Sello Verde. Sobre las paredes, hay unos espejos que parecen guardar décadas de nostalgia. Recuerdos de otros tiempos que, en el Café Tokio, cobran vida.


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Fecha de Publicación: 11/06/2020

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